Somos Uno en Cristo

Dios nos creó a su imagen y semejanza y nunca nos deja solos. Esta verdad la experimenté yo esta semana al haber entregado en mi trabajo una carta pidiendo una transferencia a otro lugar. Yo estaba temerosa de entregar la carta, pues pensaba que mis supervisores que no tomarían la noticia muy bien. Finalmente, conseguí hablar con uno de ellos, quien estaba “muy sorprendido” de la petición y no podía decirme la decisión final porque tenía que “ponderar las implicaciones.” Esto me asustó aún más porque para mí ellos tenían la responsabilidad de comenzar el proceso una vez recibieran mi carta y lo que él me decía, indicaba que mi futuro estaba en sus manos. Entonces, llegó mi alivio: ese mismo día me llamaron de la U.T. para informarme que ya ellos habían comenzado el proceso de comunicación entre Rectores para pedirle a mi Rector que autorizara el traslado. ¡Aquí tuve la prueba de que Dios estaba conmigo! El alivio que sentí fue tan grande que dejé de sentirme ansiosa sobre todo lo que pueda pasar. Yo no dudaba de que Dios estuviera conmigo, pero tener esa prueba en ese preciso momento afianzó mi fe de que todo saldrá bien y que podré estar más cómoda con mi trabajo de agosto en adelante. Todavía la decisión no es final, pero yo me siento confiada de que Dios me acompaña y que Él pondrá su mano en todo lo que ocurra.
¡Y qué hermoso es, hermanos, sentir esa gracia! Esta experiencia fue prueba de que aún cuando podamos ser rebeldes, Dios no nos abandona. En una publicación de los Principios Luteranos, se nos indica que “la gracia es el amor de Dios hecho carne en la persona de Jesucristo, que hace posible que seamos el santo amado pueblo de Dios. El evangelio nos dice que nosotros no tenemos que hacer absolutamente nada para ganarnos este amor. Éste es un regalo de Dios, el cual recibimos de manera gratuita e incondicional.” Esto está basado en la carta a los Efesios 2: 8-9, que nos dice “porque por gracia ustedes han sido salvados mediante la fe; esto no procede de ustedes sino que es el regalo de Dios, no por obras para que nadie se jacte”.
Entonces, como nos dice la lectura de Romanos para hoy en una versión diferente a la ya leída: “En consecuencia, ya que hemos sido justificados mediante la fe, tenemos paz con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo. También por medio de él, y mediante la fe, tenemos acceso a esta gracia en la cual nos mantenemos firmes. Así que nos regocijamos en la esperanza de alcanzar la gloria de Dios. Y no sólo en esto, sino también en nuestros sufrimientos, porque sabemos que el sufrimiento produce perseverancia; la perseverancia, entereza de carácter; la entereza de carácter, esperanza. Y esta esperanza no nos defrauda, porque Dios ha derramado su amor en nuestro corazón por el Espíritu Santo que nos ha dado.”
Regocijarnos en nuestros sufrimientos parecería una contradicción y, sin embargo, esta lectura de hoy nos dice que el sufrimiento también tiene su propósito en nuestras vidas: 1) Nos hace perseverar. 2) Esta perseverancia nos da entereza de carácter. 3) La entereza de carácter nos da esperanza. Podemos dejar establecido entonces que por la fe entramos en el orden de la gracia. Por la fe esperamos participar en la gloria de Dios. Esta esperanza no es un invento, sino el resultado seguro de un camino que busca la perfección moral en medio de numerosas pruebas, afrontadas paciente y dignamente.
Finalmente, nos dice la lectura que esta esperanza no nos defrauda, porque Dios ha derramado su amor en nuestro corazón por el Espíritu Santo que nos ha dado. Hoy celebramos la Santísima Trinidad: tres personas distintas con una personalidad completa (Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo), pero una sola naturaleza divina. Y esta creencia en la Santísima Trinidad la afirmamos cada domingo al confesar nuestra fe con el Credo.
Queridos hermanos, Dios nos ha llamado para que nos dejemos guiar por el Espíritu Santo para hacer Su obra. Nos toca a todos, a ti y a mí, responder a Su llamado. Y ¿cuál es ese llamado? La Gran Comisión: hacer discípulos. Y nos envió al Espíritu Santo para que podamos cumplir con esa misión.
Yo te ruego hoy dos cosas: 1) “Que no te de lo mismo el sufrimiento ajeno por ser prisionero de tu egoísmo, que no des la espalda al resto de la gente.” Que cuando veas a una persona sufriendo, pienses que, como somos uno, esa persona es parte de ti. Imagina que esa persona que sufre es un pulmón tuyo afectado. Imagina que esa persona que pide ayuda, es tu pierna fracturada. Imagina que esa persona que llora, es tu corazón herido y no dejes de actuar. 2) Que no olvides nunca lo que otros hagan por ti en el nombre de Dios y, una vez que reconozcas a nuestro Señor en las acciones de tus semejantes, continúes la cadena de bendición que comenzó contigo en ese momento. Esto se resume en que te dejes guiar por el Espíritu Santo, pues para eso nos fue enviado.
¡Que nuestro Dios Trino: Padre, Hijo y Espíritu Santo nos provea suficientes pruebas que moldeen nuestro carácter para que nunca perdamos nuestra esperanza y caminemos sirviendo! Amén.
Por Ilia Morales Figueroa
3 de junio de 2007
(Himno de fondo "Dios" cortesía del Ministerio de Adoración Musical Judith Santiago)